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Continuar la lucha para poner fin al correísmo, esta vez en el terreno electoral

Martes 7 de marzo de 2017

La política de cerrar el paso al correísmo implica un correcto aprovechamiento de las contradicciones interburguesas, expresa una justa apreciación y discernimiento de quién en un momento concreto es el enemigo principal de los trabajadores y el pueblo

Con seguridad los resultados de las elecciones del próximo 2 de abril darán bastante que hablar y durante mucho tiempo. Sobre todo si el correísmo es desplazado del poder, marcando así el fin de un proyecto que nació como una propuesta política progresista y democrática, y terminó siendo un gobierno autoritario, entregado al capital financiero internacional y representante de una facción burguesa que, por su propios intereses, dio impulso a un proceso de modernización capitalista e intensificación de los niveles de explotación a los trabajadores.

Y dará mucho que hablar, también, por la decisión política que varias organizaciones sociales, partidos y movimientos de izquierda han adoptado, que bien puede ser resumida de esta forma: continuar la lucha para poner fin al correísmo, esta vez llevándola al terreno de las elecciones, sufragando en contra del binomio Moreno-Glas.

En las actuales condiciones políticas, votar para poner fin al correísmo significa tener que hacerlo a favor de Guillermo Lasso. Es un voto forzado, obligado por las circunstancias, pues, el escenario político se presenta de tal manera que: se vota contra el correísmo o se lo hace a favor de él. No hay otra opción. Inclusive el voto nulo, que aparentemente implicaría el rechazo a los dos candidatos, en esta ocasión favorece al correísmo debido a la forma cómo se distribuyeron los sufragios en la primera vuelta y al techo de crecimiento de la candidatura gobiernista.

Quienes miran esa resolución de manera superficial ven únicamente el elemento complementario (votar por Lasso) y no lo esencial (poner fin al correísmo). En el curso de estos años las organizaciones sociales, los movimientos y partidos de izquierda se ubicaron en el andarivel de la oposición popular al Gobierno porque éste experimentó un proceso de derechización, que le llevó a la condición de ser uno de los regímenes más autoritarios de los últimos años, y el que más daño ha provocado al movimiento obrero y popular en las últimas cuatro décadas, para no ir más atrás en el análisis.

Ninguno de los gobiernos neoliberales del pasado estableció una legislación laboral tan antiobrera como lo ha hecho el actual, ni en conjunto lograron una afectación ideológico-política tan grave en el movimiento popular (sustentada en la represión y el engaño) como ahora, permitiendo a la burguesía alcanzar la tan añorada “gobernabilidad” que no es otra cosa que un ambiente en el que las exigencias populares se encuentran represadas mientras las clases dominantes incrementan sus riquezas a costa de la explotación a los trabajadores. Basta mirar las estadísticas oficiales que muestran cómo durante estos años “revolucionarios” han crecido los ingresos de los banqueros y grandes empresarios en general y los niveles de explotación capitalista.

Debido a ello, en el curso de la lucha contra el gobierno germinó y creció la consigna ¡Fuera Correa, fuera!, que llevó a cientos de miles de ecuatorianos a las calles. A consecuencia de la actual correlación de fuerzas existente en la sociedad ecuatoriana y la particular circunstancia del proceso electoral la única forma de alcanzar hoy ese objetivo es a través de las urnas. ¿Debemos dejar pasar la ocasión? ¿Ha perdido vigencia la consigna ¡Fuera Correa, fuera!?

La política de cerrar el paso al correísmo implica un correcto aprovechamiento de las contradicciones interburguesas, expresa una justa apreciación y discernimiento de quién en un momento concreto es el enemigo principal de los trabajadores y el pueblo y contra quién se debe concentrar todas las fuerzas posibles para derrotarlo, sin perder de vista que no es el único enemigo y que, tras su derrota, el combate continuará contra otras fuerzas que en el curso de la lucha de clases se erigen como enemigo principal. Esto no significa que se otorgue a Lasso la condición de un personaje que represente los intereses de los trabajadores y el pueblo; al igual que los candidatos de AP personifica los intereses de la burguesía como clase, sin embargo –debido a la enorme presión social existente en el país- está forzado a desmontar el andamiaje autoritario levantado por el correísmo, y esos resquicios democráticos que se abrirán pueden y deben ser aprovechados por el movimiento popular para su recuperación y desarrollo políticos.

Miremos el comportamiento del movimiento de masas y de las fuerzas de izquierda en otras circunstancias, como fueron por ejemplo los levantamientos contra Bucaram, Mahuad o Gutiérrez. En ninguno de esos episodios el movimiento popular tenía la fuerza suficiente para instaurar un gobierno que represente a los trabajadores, y era previsible que la salida a la crisis política provocada por la lucha de las masas encuentre salida por los canales institucionales, como efectivamente ocurrió, provocando el relevo de un burgués por otro de su misma clase en el gobierno. La pregunta es si, debido a ello, ¿el movimiento popular debía abandonar la lucha por tumbar a esos gobiernos? No. Definitivamente no. Era fundamental para el desarrollo del movimiento obrero y popular alcanzar esas victorias, aún sabiendo que sus condiciones materiales de vida no cambiarían y la lucha debía continuar en nuevas condiciones contra otro gobierno que, al fin y al cabo, representaba los intereses del mismo que había sido derrocado.

En su forma, la lucha del pueblo para ahora poner fin al gobierno antipopular de la “revolución ciudadana” no es similar a los hechos antes señalados, pero en su esencia sí lo es. El triunfo del correísmo en la urnas implicaría una grave derrota política para los sectores populares que todos estos años han peleado contra el autoritarismo y por democracia, en contra de la criminalización de la protesta social, en contra de la corrupción y de la entrega del país al capital extranjero; la afectación política al movimiento popular organizado sería grande, y tenemos ya la experiencia de todos estos años de Correa en el poder.

Lo contrario, es decir, la derrota del binomio Moreno-Glas alienta a quienes de diversas formas se enfrentaron al gobierno y lucharon para ponerlo fin. Por ello, no solo es correcto sino también indispensable negar los votos al correísmo y al mismo tiempo prepararse para nuevos combates, en condiciones distintas, contra un nuevo gobierno que deberá enfrentar las exigencias de los trabajadores y los pueblos.